La lucha feminista: el reclamo que el poder no quiere escuchar
Columna política
𝗔𝗳𝗶𝗹𝗮𝗻𝗱𝗼
𝗲𝗹 𝗹𝗮𝗽𝗶𝗰𝗲𝗿𝗼
Por. - César Adrián Castro Aguilar
La lucha feminista en México no nació en los partidos de
oposición ni se cocina en las oficinas de estrategas políticos. Nació en las
casas donde una mujer fue violentada, en las calles donde otra desapareció y en
los expedientes empolvados donde la justicia nunca llegó.
Pero desde el poder resulta más cómodo descalificar la protesta
que reconocer la tragedia.
Para el discurso oficial de la llamada Cuarta
Transformación, muchas de las manifestaciones feministas parecen ser obra de
“adversarios políticos”. Una explicación fácil, útil para el relato político,
pero profundamente injusta para miles de mujeres que marchan no por ideología,
sino por supervivencia.
Porque detrás de cada consigna pintada en una pared hay una
historia de violencia que el Estado no pudo o no quiso evitar.
Mientras en las conferencias se habla de transformación, en
la realidad los feminicidios siguen acumulándose como una estadística incómoda.
El gobierno presume programas sociales dirigidos a las mujeres, pero la
pregunta sigue siendo brutalmente simple: ¿dónde está la protección efectiva
para que no las maten?
Cada Día Internacional de la Mujer la escena se repite. El
corazón político del país, en Ciudad de México, se amuralla. Vallas metálicas
de varios metros rodean Palacio Nacional, como si la protesta fuera un enemigo
que debe mantenerse a distancia.
El mensaje visual es poderoso: el poder se protege del
reclamo ciudadano.
Paradójico. Un gobierno que dice representar al pueblo, pero
que cada 8 de marzo se resguarda tras muros de acero.
En Durango, el tono ha sido distinto. El gobernador Esteban
Villegas Villarreal ha señalado que en su administración no habrá represión
contra las manifestaciones feministas y ha reconocido que los llamados
“tendederos” de denuncia se han convertido en una válvula de escape para
mujeres que no confían en la justicia pero que no digan mentiras.
El alcalde José Antonio Ochoa Rodríguez también ha anunciado
que no se colocarán bardas metálicas en el centro histórico, aunque sí se
buscará evitar disturbios.
El debate, sin embargo, va mucho más allá de las bardas.
Algunas feministas defienden la llamada iconoclasia:
intervenir monumentos y edificios como forma de protesta. Para muchos
ciudadanos esto resulta incómodo. Para ellas es una forma de romper el
silencio.
Porque las ciudades también cuentan historias. Sus
monumentos hablan de héroes, de victorias, de memoria oficial. Pero cuando esos
mismos muros aparecen cubiertos con nombres de mujeres desaparecidas, la
narrativa cambia.
Entonces la ciudad deja de ser postal turística y se
convierte en denuncia pública pues las pintas no destruyen la ciudad, lo que
realmente destruye a un país es la impunidad.
Y mientras el debate siga centrado en las paredes pintadas y
no en las mujeres asesinadas, la política seguirá discutiendo el síntoma y
evitando la enfermedad.
Porque al final del día, la pregunta no es por qué protestan
las mujeres.
La pregunta es por qué, en México, siguen teniendo razones
para hacerlo.
#LaHistoriaSigue
Mentas y mentadas.- una_299@hotmail.com







.jpeg)
.jpeg)


.jpeg)





.jpeg)


