Hay una vieja regla de la política mexicana: cuando una mentira deja de sostenerse, se fabrica otra más grande para taparla.
Así hemos llegado al punto donde la Constitución parece
haber dejado de ser el pacto que rige la vida pública para convertirse en un
documento que unos interpretan según la conveniencia del momento y otros
modifican cuando el poder así lo exige. La ley debería ser el límite del
gobierno; con demasiada frecuencia termina siendo el instrumento del
gobernante.
A muchos les incomodará leer estas líneas. No importa. Como
dice el viejo refrán popular: “tan preocupados por el honor y tan desobligados
con el gasto.”
Vivimos en un país donde los tribunales, los partidos y las
instituciones parecen estar sometidos a una prueba permanente de credibilidad.
Cada resolución polémica, cada candidatura cuestionada, cada negociación de
última hora alimenta la percepción de que la justicia y la legalidad no siempre
caminan de la mano.
En México ya no sorprende que las instituciones sean
cuestionadas. Lo preocupante es que muchos ciudadanos han dejado de esperar
imparcialidad. Cuando una resolución favorece a unos, es justicia; cuando
beneficia a otros, es persecución. El problema no es quién gana la discusión.
El problema es que la confianza perdió la elección hace mucho tiempo.
Mientras tanto, el ciudadano común sigue haciendo malabares
para sobrevivir. Sale de su casa sin saber si regresará con tranquilidad; llega
al supermercado con el mismo sueldo y sale con menos productos; paga más
impuestos, más servicios, más gasolina, más alimentos... pero escucha todos los
días que la economía marcha mejor que nunca.
Los ciudadanos observan cómo el discurso oficial promete
transformación, honestidad y bienestar, pero la realidad cotidiana sigue
marcada por la inseguridad, la incertidumbre económica, los servicios públicos
insuficientes y un costo de vida que no deja de presionar el bolsillo de
millones de familias.
El problema no es únicamente un partido político. Sería
demasiado sencillo reducir el diagnóstico a un solo color.
Durante décadas, quienes hoy son oposición construyeron los
vicios que ahora denuncian. Y quienes llegaron prometiendo erradicarlos
terminaron justificando muchos de ellos bajo el argumento de que todo era
diferente porque ahora "el pueblo manda". Cambiaron los protagonistas,
pero demasiadas veces el libreto siguió siendo el mismo.
Los mexicanos asistimos a una función donde los actores
cambian de camiseta con sorprendente facilidad. Quien ayer denunciaba el
autoritarismo hoy lo ejerce; quien antes condenaba el uso político de las
instituciones ahora las defiende cuando le favorecen. La congruencia se ha
convertido en una especie en peligro de extinción.
Mientras la clase política libra sus guerras, el ciudadano
enfrenta otras mucho más reales. La violencia se normaliza. La extorsión deja
de ser noticia. El asesinato deja de sorprender. Abrimos el periódico con una
tragedia y cerramos el día con otra, como si el horror hubiera terminado por
incorporarse a la rutina nacional.
La mentira no sólo se instala en los discursos; también se
infiltra en la memoria colectiva. Se apuesta a que el ciudadano olvide. Que
olvide promesas incumplidas, escándalos, contradicciones y compromisos
abandonados. Que cada elección sea una hoja en blanco donde nadie rinda
cuentas.
Y, sin embargo, la memoria es el peor enemigo de cualquier
gobierno que pretenda escribir la historia a su conveniencia.
México no necesita más héroes de propaganda ni salvadores
providenciales. Necesita instituciones que funcionen, gobernantes que acepten
límites y ciudadanos que exijan resultados, no relatos.
Porque una democracia deja de serlo cuando la verdad se
convierte en un accesorio del poder y la crítica es vista como traición.
La gran tragedia nacional no consiste únicamente en que
algunos mientan. Consiste en que demasiados terminan acostumbrándose a la
mentira.
Esa costumbre es mucho más peligrosa que cualquier elección.
Todavía hay tiempo para corregir el rumbo, pero el primer
paso sigue siendo el mismo de siempre: dejar de confundir propaganda con
realidad y poder con razón.
Porque una mentira siempre necesita otra para sobrevivir.
Y las naciones que viven de mentiras terminan pagando la
verdad con intereses.
#LaHistoriaSigue
Mentas y Mentadas.- una_299@hotmail.com
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