Una mentira conduce inevitablemente a otra

Por César Adrián - julio 16, 2026

 


Hay una vieja regla de la política mexicana: cuando una mentira deja de sostenerse, se fabrica otra más grande para taparla.

Así hemos llegado al punto donde la Constitución parece haber dejado de ser el pacto que rige la vida pública para convertirse en un documento que unos interpretan según la conveniencia del momento y otros modifican cuando el poder así lo exige. La ley debería ser el límite del gobierno; con demasiada frecuencia termina siendo el instrumento del gobernante.

A muchos les incomodará leer estas líneas. No importa. Como dice el viejo refrán popular: “tan preocupados por el honor y tan desobligados con el gasto.”

Vivimos en un país donde los tribunales, los partidos y las instituciones parecen estar sometidos a una prueba permanente de credibilidad. Cada resolución polémica, cada candidatura cuestionada, cada negociación de última hora alimenta la percepción de que la justicia y la legalidad no siempre caminan de la mano.

En México ya no sorprende que las instituciones sean cuestionadas. Lo preocupante es que muchos ciudadanos han dejado de esperar imparcialidad. Cuando una resolución favorece a unos, es justicia; cuando beneficia a otros, es persecución. El problema no es quién gana la discusión. El problema es que la confianza perdió la elección hace mucho tiempo.

Mientras tanto, el ciudadano común sigue haciendo malabares para sobrevivir. Sale de su casa sin saber si regresará con tranquilidad; llega al supermercado con el mismo sueldo y sale con menos productos; paga más impuestos, más servicios, más gasolina, más alimentos... pero escucha todos los días que la economía marcha mejor que nunca.

Los ciudadanos observan cómo el discurso oficial promete transformación, honestidad y bienestar, pero la realidad cotidiana sigue marcada por la inseguridad, la incertidumbre económica, los servicios públicos insuficientes y un costo de vida que no deja de presionar el bolsillo de millones de familias.

El problema no es únicamente un partido político. Sería demasiado sencillo reducir el diagnóstico a un solo color.

Durante décadas, quienes hoy son oposición construyeron los vicios que ahora denuncian. Y quienes llegaron prometiendo erradicarlos terminaron justificando muchos de ellos bajo el argumento de que todo era diferente porque ahora "el pueblo manda". Cambiaron los protagonistas, pero demasiadas veces el libreto siguió siendo el mismo.

Los mexicanos asistimos a una función donde los actores cambian de camiseta con sorprendente facilidad. Quien ayer denunciaba el autoritarismo hoy lo ejerce; quien antes condenaba el uso político de las instituciones ahora las defiende cuando le favorecen. La congruencia se ha convertido en una especie en peligro de extinción.

Mientras la clase política libra sus guerras, el ciudadano enfrenta otras mucho más reales. La violencia se normaliza. La extorsión deja de ser noticia. El asesinato deja de sorprender. Abrimos el periódico con una tragedia y cerramos el día con otra, como si el horror hubiera terminado por incorporarse a la rutina nacional.

La mentira no sólo se instala en los discursos; también se infiltra en la memoria colectiva. Se apuesta a que el ciudadano olvide. Que olvide promesas incumplidas, escándalos, contradicciones y compromisos abandonados. Que cada elección sea una hoja en blanco donde nadie rinda cuentas.

Y, sin embargo, la memoria es el peor enemigo de cualquier gobierno que pretenda escribir la historia a su conveniencia.

México no necesita más héroes de propaganda ni salvadores providenciales. Necesita instituciones que funcionen, gobernantes que acepten límites y ciudadanos que exijan resultados, no relatos.

Porque una democracia deja de serlo cuando la verdad se convierte en un accesorio del poder y la crítica es vista como traición.

La gran tragedia nacional no consiste únicamente en que algunos mientan. Consiste en que demasiados terminan acostumbrándose a la mentira.

Esa costumbre es mucho más peligrosa que cualquier elección.

Todavía hay tiempo para corregir el rumbo, pero el primer paso sigue siendo el mismo de siempre: dejar de confundir propaganda con realidad y poder con razón.

Porque una mentira siempre necesita otra para sobrevivir.

Y las naciones que viven de mentiras terminan pagando la verdad con intereses.

#LaHistoriaSigue

Mentas y Mentadas.- una_299@hotmail.com


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