4T Hipocresía socialista

Por César Adrián - febrero 24, 2026

 

CHIPOTE CON SANGRE
Por.- César Adrián Castro Aguilar



La autodenominada Cuarta Transformación nació envuelta en una narrativa de justicia social, austeridad republicana y reivindicación histórica de los olvidados. Inspirada —al menos en el discurso— en las ideas de igualdad y lucha de clases asociadas a Karl Marx, prometió poner fin a los privilegios y desmontar las estructuras del viejo régimen. Sin embargo, a medio camino del experimento, la distancia entre el dicho y el hecho se ha vuelto inocultable porque una cosa es la retórica y otra el ejercicio del poder.

En el discurso, la 4T habla de combatir al “neoliberalismo”, de redistribuir la riqueza y de poner primero a los pobres. La narrativa es binaria: pueblo bueno contra élites corruptas. Pero en la práctica, el estilo de gobierno ha mostrado rasgos de centralización extrema, concentración de decisiones y debilitamiento institucional que recuerdan más al autoritarismo que al pluralismo democrático. No es exagerado decir que, mientras citan ideales de igualdad, gobiernan con una verticalidad que evoca a Joseph Stalin: control férreo, descalificación sistemática de opositores y una lógica donde disentir es traicionar.

La austeridad, bandera moral del movimiento, también ha resultado selectiva. Se recortan presupuestos en áreas técnicas y autónomas bajo el argumento de combatir privilegios, pero el poder político mantiene márgenes amplios de discrecionalidad. La vida pública se predica sencilla; la vida privada, muchas veces, no tanto. Y ahí es donde surge la crítica más punzante: quienes se asumen herederos de la lucha contra la opulencia terminan reproduciendo dinámicas de privilegio que contrastan con su discurso. La imagen del socialista austero se diluye cuando aparecen lujos, influencias o beneficios familiares difíciles de conciliar con la narrativa oficial.

Así, el contraste se vuelve inevitable: piensan como Marx, gobiernan como Stalin y viven como Rockefeller —símbolo del capitalismo más próspero encarnado en John D. Rockefeller. La frase no es literal, pero funciona como metáfora política de una contradicción estructural: el discurso revolucionario frente a prácticas de poder tradicionales.

El problema no es que un gobierno tenga contradicciones; todos las tienen. El problema es cuando la legitimidad moral se convierte en escudo frente a cualquier crítica. Cuando la superioridad ética autoproclamada sustituye la rendición de cuentas. Cuando el adversario no es competidor democrático sino enemigo del pueblo.

La historia demuestra que los proyectos políticos que concentran poder en nombre del pueblo terminan debilitando precisamente a ese pueblo. La democracia no se construye con consignas sino con contrapesos, transparencia y tolerancia a la crítica.

Si la 4T quiere trascender como transformación auténtica y no como episodio de retórica encendida, tendrá que reconciliar su discurso con su práctica. De lo contrario, seguirá alimentando la percepción de que más que una revolución moral, estamos ante una vieja historia: el poder cambia de manos, pero las tentaciones del poder permanecen intactas.

#LaHistoriaSigue

Mentas y mentadas.- una_299@hotmail.com

 

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