La autodenominada Cuarta Transformación nació envuelta en una narrativa de justicia social, austeridad republicana y reivindicación histórica de los olvidados. Inspirada —al menos en el discurso— en las ideas de igualdad y lucha de clases asociadas a Karl Marx, prometió poner fin a los privilegios y desmontar las estructuras del viejo régimen. Sin embargo, a medio camino del experimento, la distancia entre el dicho y el hecho se ha vuelto inocultable porque una cosa es la retórica y otra el ejercicio del poder.
En el discurso, la 4T habla de combatir al “neoliberalismo”,
de redistribuir la riqueza y de poner primero a los pobres. La narrativa es
binaria: pueblo bueno contra élites corruptas. Pero en la práctica, el estilo
de gobierno ha mostrado rasgos de centralización extrema, concentración de
decisiones y debilitamiento institucional que recuerdan más al autoritarismo
que al pluralismo democrático. No es exagerado decir que, mientras citan
ideales de igualdad, gobiernan con una verticalidad que evoca a Joseph Stalin:
control férreo, descalificación sistemática de opositores y una lógica donde
disentir es traicionar.
La austeridad, bandera moral del movimiento, también ha
resultado selectiva. Se recortan presupuestos en áreas técnicas y autónomas
bajo el argumento de combatir privilegios, pero el poder político mantiene
márgenes amplios de discrecionalidad. La vida pública se predica sencilla; la
vida privada, muchas veces, no tanto. Y ahí es donde surge la crítica más
punzante: quienes se asumen herederos de la lucha contra la opulencia terminan
reproduciendo dinámicas de privilegio que contrastan con su discurso. La imagen
del socialista austero se diluye cuando aparecen lujos, influencias o
beneficios familiares difíciles de conciliar con la narrativa oficial.
Así, el contraste se vuelve inevitable: piensan como Marx,
gobiernan como Stalin y viven como Rockefeller —símbolo del capitalismo más
próspero encarnado en John D. Rockefeller. La frase no es literal, pero
funciona como metáfora política de una contradicción estructural: el discurso
revolucionario frente a prácticas de poder tradicionales.
El problema no es que un gobierno tenga contradicciones;
todos las tienen. El problema es cuando la legitimidad moral se convierte en
escudo frente a cualquier crítica. Cuando la superioridad ética autoproclamada
sustituye la rendición de cuentas. Cuando el adversario no es competidor democrático
sino enemigo del pueblo.
La historia demuestra que los proyectos políticos que
concentran poder en nombre del pueblo terminan debilitando precisamente a ese
pueblo. La democracia no se construye con consignas sino con contrapesos,
transparencia y tolerancia a la crítica.
Si la 4T quiere trascender como transformación auténtica y
no como episodio de retórica encendida, tendrá que reconciliar su discurso con
su práctica. De lo contrario, seguirá alimentando la percepción de que más que
una revolución moral, estamos ante una vieja historia: el poder cambia de
manos, pero las tentaciones del poder permanecen intactas.
#LaHistoriaSigue
Mentas y mentadas.- una_299@hotmail.com

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