Rescatar al régimen de partidos: austeridad, representación y poder
EDITORIAL
La reforma electoral impulsada desde el Ejecutivo se
presenta bajo una narrativa conocida: austeridad, ahorro presupuestal y “menos
privilegios” para los partidos. Sin embargo, el debate de fondo no es contable,
sino estructural: se trata del equilibrio entre representación y poder en el
Congreso, y del futuro del régimen de partidos en México.
Desde la reforma política de 1977 —promovida por el entonces
secretario de Gobernación Jesús Reyes Heroles; México transitó de un sistema
hegemónico a uno de pluralismo gradual. La introducción de diputados de
representación proporcional permitió que fuerzas opositoras accedieran a la
Cámara sin necesidad de ganar distritos de mayoría. Aquella reforma abrió el
sistema en un contexto de represión política y baja competencia electoral. Fue
el primer gran paso hacia la alternancia que llegaría en el año 2000.
Hoy, casi cinco décadas después, el eje de la discusión es
precisamente la representación proporcional. La presidenta ha planteado
eliminar o reducir sustancialmente las listas plurinominales bajo el argumento
de que encarecen la democracia y fortalecen el control de las dirigencias
partidistas. El problema es que los datos no sostienen que el costo del
Congreso sea el factor central de las finanzas públicas.
El argumento presupuestal:
cifras en contexto
El financiamiento público a partidos políticos en 2024
ascendió a aproximadamente 10 mil millones de pesos, cifra que incluye
actividades ordinarias y campañas. El presupuesto total aprobado para el
Instituto Nacional Electoral (INE) superó los 22 mil millones de pesos. En
conjunto, el costo del sistema electoral ronda 0.2% del gasto programable
federal.
Para ponerlo en perspectiva: el presupuesto federal total
supera los 9 billones de pesos. El ahorro potencial por eliminar legisladores
plurinominales sería marginal frente al tamaño del gasto público. La discusión,
por tanto, no es financiera; es política.
Representación proporcional
y sobrerrepresentación
En la elección federal de 2024, Morena obtuvo alrededor de
41% de la votación para la Cámara de Diputados. Bajo el sistema vigente (300
distritos de mayoría relativa y 200 de representación proporcional) la Constitución establece un límite de
sobrerrepresentación de 8% respecto al porcentaje de votación nacional.
Eliminar o reducir la representación proporcional alteraría
ese equilibrio. En sistemas mayoritarios puros, un partido con 41% del voto
puede alcanzar mayorías absolutas si su voto está eficientemente distribuido
territorialmente. Esto no es hipotético: en modelos comparables, un partido
puede obtener 50% o más de los escaños con una votación claramente inferior a
la mitad.
El riesgo señalado por críticos es claro: que Morena pueda alcanzar
mayoría absoluta —e incluso calificada— sin necesidad de aliados, modificando
la correlación de fuerzas en el Congreso y debilitando el contrapeso
legislativo.
La experiencia
comparada
En la mayoría de las democracias parlamentarias europeas,
los sistemas proporcionales permiten una correspondencia relativamente directa
entre porcentaje de votos y porcentaje de escaños. Países como España, Alemania
o Países Bajos cuentan con mecanismos que facilitan la representación
multipartidista.
México, en cambio, mantiene un modelo híbrido que combina
mayoría relativa y representación proporcional, diseñado precisamente para
evitar que una sola fuerza concentre poder con una minoría relativa del voto.
La reforma propuesta rompe con esa lógica histórica.
El problema real:
dinero ilícito y captura institucional
El texto base apunta a un elemento medular que rara vez
ocupa el centro del debate: el financiamiento ilegal y la infiltración
criminal. Diversos informes oficiales han documentado el crecimiento del contrabando
de combustibles y la expansión territorial de grupos criminales que inciden en
procesos electorales locales.
El financiamiento público fue concebido para reducir la
dependencia de recursos privados opacos. Sin embargo, el problema no radica en
los partidos pequeños, sino en la capacidad del partido gobernante para
beneficiarse de estructuras paralelas de financiamiento y del uso electoral de
programas sociales.
Reducir recursos a partidos sin fortalecer fiscalización y
sin blindar al órgano electoral puede agravar el problema en lugar de
resolverlo.
El registro de nuevos partidos y la libertad de asociación
México abre la posibilidad de registro nacional de nuevos
partidos cada seis años, con requisitos que incluyen asambleas distritales o
estatales y un mínimo de afiliados equivalente al 0.26% del padrón electoral
(más de 250 mil personas en términos actuales). En contraste, en varias
democracias europeas el registro es permanente y menos restrictivo.
El debate sobre la eventual incorporación de nuevas fuerzas como
el movimiento Somos México ilustra la tensión entre apertura y
discrecionalidad. El árbitro electoral, el Instituto Nacional Electoral (INE),
ha sido objeto de cuestionamientos por su integración reciente y por las
reformas que han reducido márgenes operativos y presupuestales.
Sin apertura real del sistema, la eliminación de listas
plurinominales puede consolidar una estructura cerrada donde competir sea cada
vez más difícil.
Partidocracia vs. Democracia
Es cierto que el sistema vigente generó burocracias
partidistas alejadas de la ciudadanía. El descrédito de dirigencias
tradicionales es innegable. Pero sustituir un modelo imperfecto por uno que
favorezca mayor concentración de poder no corrige el problema; lo desplaza.
No hay democracia sin partidos. La evidencia comparada es
contundente: donde se debilitan las estructuras partidistas sin fortalecer
instituciones, emergen liderazgos personalistas y mayorías poco equilibradas.
Lo que debería
discutirse
Una reforma auténticamente democratizadora debería
contemplar:
Igualar proporcionalmente votos y escaños.
Desbloquear listas para que el elector influya en el orden
de prelación.
Facilitar el registro permanente de nuevos partidos.
Endurecer la fiscalización del financiamiento ilícito.
Blindar la autonomía del INE y del Tribunal Electoral.
El ahorro presupuestal es una narrativa eficaz, pero no el
núcleo del problema. Lo que está en juego es si el sistema político mexicano
seguirá apostando por el pluralismo construido desde 1977 o si avanzará hacia
un modelo de mayoría dominante con menor equilibrio institucional.
Rescatar al régimen de partidos no implica defender a las
dirigencias actuales. Implica preservar la representación, abrir el sistema a
nuevas opciones y cerrar el paso al dinero ilegal y a la concentración excesiva
del poder. Sin partidos fuertes, abiertos y fiscalizados, no hay contrapesos. Y
sin contrapesos, la democracia se convierte en trámite.
#LaHistoriaSigue

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